Ducentésimo* 28

Chorrillos, Lima.

Una amiga querida me decía que el Estado era como la música de fondo: solo te das cuenta de su existencia cuando deja de sonar. Si el asfalto de la pista está impecable, si el alumbrado público es adecuado y está completo, si la policía y el Poder Judicial hacen su trabajo, si no deja de salir agua por los caños… si nadie se muere en la puerta del hospital porque hay camas y oxígeno suficientes. Cuando todo funciona, pocos piensan en el Estado.

El Estado solo es visible cuando falta, cuando debería estar y no está. Su ausencia anuncia que existe.

Quienes más resisten la participación del Estado en la vida de los ciudadanos suelen ser, lógicamente, quienes necesitan menos de él. Pero la pandemia y la crisis cambiaron algunas cosas: de pronto, casi todos necesitaban de él (el dinero de REACTIVA es, en última instancia, del Estado). En un instante y de porrazo, nos dimos cuenta de que el Estado era omnipresente… de tan ausente que estaba. El Estado se volvió visible ante nuestros ojos y resulta que estaba calato, como describieron en su libro -y en blanco y negro- Andrea Stiglich y Carlos Ganoza en el 2015.

Y como advirtieron también muchos otros, entre ellos Ghezzi, Dargent, Trivelli, Gallardo, Ñopo, Lanegra, Vergara, etc., etc.. Ninguno es rojete, ni siquiera propiamente de izquierda.

“El Perú no está calato, se equivocan, no saben lo que dicen”, repetían en Lampadia, el think tank de Jaime de Althaus y Pablo Bustamante, como si fuera una infamia señalar lo evidente. Muchos de los que se ubican a sí mismos hacia el extremo derecho del espectro político/ideológico se plegaron con ellos y le dieron con palo a todo aquél que osara señalar que el “modelo” económico, político e institucional de los 90s había alcanzado su límite, que había que hacerle ajustes, que debía ser reformado porque el peligro de que colapsara sobre sí mismo -es decir, sobre todos- crecía día a día.

El Perú estaba ligero de ropas, enfermo y sin seguridad social. Y hoy Pedro Castillo es Presidente.  

La ironía -casi siempre cruel- es que quienes más necesitaban al Estado y resistían menos su intervención son quienes pusieron más muertos en la pandemia que arrasó con la estrella del Pacífico Sur y los logros espectaculares que repetían en Lampadia y en otros foros con el mismo giro ideológico como si nada más que la tasa de crecimiento del PBI importara. El modelo que propugnaba un rol poco más que solo arbitral para el Estado en un país con más de 70% de informalidad y una infraestructura de servicios deficiente, se desmoronó sobre quienes más necesitaban y menos recibían de ese mismo Estado.

¿Quién lo hubiera imaginado?

¿Es el Perú más grande que sus problemas? No lo sé; quisiera creer que sí. Llegamos al cumpleaños número 200 del Perú y sigue siendo -en varios aspectos- un país adolescente: no está muy convencido de quién es y le disgusta casi todo de lo que ve en el espejo. Buen lejos, mal cerca. La maldición de los feos. Pero aquí está, aquí sigue, no ha desaparecido. Le han robado todo lo que han podido durante más de 500 años y aquí sigue, produciendo maravillas y fortunas. No es poco.

En los extremos -dijo una amiga ayer en un podcast- nadie se encuentra. Caminemos hacia el centro, acerquémonos asumiendo que a la mayoría nos interesa lo mismo: sacar este país adelante porque aquí se quedan nuestros hijos y nuestros nietos.

Hay mucha afectividad comprometiendo las decisiones que se toman en los espacios en los que se tocan los poderes del Estado. Eso es riesgoso, pues se decide por animadversión, simpatías o prejuicios. La polarización de los últimos meses ha calado profundo en las personas y eso no se acaba con las elecciones ni con la entrega de credenciales, ni con la instalación del nuevo Congreso, ni lo hará con los nombramientos de los ministros. Es muy difícil saber hasta cuándo -o hasta dónde- va a seguir: ¿Vacancia? ¿Disolución?

En varios actores políticos persiste la sensación de que se les ha traicionado, despreciado o de que se les debe algo y que deben cobrárselo como sea y en la primera que puedan. Dejar a Sagasti en la puerta entregando la banda es una anécdota -desgradable, miserable, pero apenas una anécdota- comparado a lo que puede seguir. Y las decisiones que se toman en esas circunstancias, (con la emotividad guiando los gestos y la convicción de estar en posesión exclusiva y excluyente de la razón) difícilmente serán las mejores. Ojalá se calmaran todos un poco. Ojalá.

El consuelo es que el Perú seguirá aquí mañana y todos los días después de mañana. Felices Fiestas Patrias.

*https://www.rae.es/dpd/ordinales

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