Distimia Electoral (o votar sin ganas)

A tiempos de desesperación, medidas desesperadas”.

Paráfrasis de una frase atribuida a Hipócrates (370aC): “para enfermedades extremas, métodos extremos de curación”

El panorama es desolador. Hasta el momento, ninguno de los candidatos que, según las últimas encuestas, tiene posibilidades de llegar a Palacio, registra experiencia relevante en la conducción ejecutiva del Estado. Y ninguno tendrá mayoría en el Congreso, como para amortiguar con retórica y bloqueos la curva de aprendizaje.

Cualquiera que gane tendrá por delante un largo camino de aprendizaje porque la administración del Estado es como un laberinto infinito lleno de obstáculos y pasajes secretos y muchísimas trampas y callejones sin salida. Con poquísimas excepciones, los ministros que elija quien llegue a la presidencia también deberán pasar por ese proceso. Y mientras todos ellos aprenden desde cómo se pide que cambien el papel higiénico hasta cómo se elabora una resolución ministerial, la gente seguirá buscando una cama UCI o muriendo antes de encontrarla.

Porque el 28 de julio cambiamos de gobierno, pero no se acaba la pandemia que ya se ha llevado más de 100 mil vidas, destruido millones de puestos de trabajo y devuelto a millones de familias a la pobreza. Esa sigue.

El gobierno actual enfrenta una pandemia fuera de control, un Congreso vacador y golpista y una popularidad en picada. Pero además, se enfrenta con los límites que le impone su propia inexperiencia en todos los frentes que está obligado a atender: desde una reciente huelga de transportistas hasta un canal de TV que miente todos los días buscando excusas para vacar al presidente. Y a veces no se da abasto ni siquiera para contestar. Y no (siempre) es ineptitud, sino inexperiencia.

El gobierno es tan débil que hasta el colegio de psicólogos le puede doblar la mano y sacarle vacunas antes de que se terminen de vacunar los más vulnerables y la primera línea. Alucinante.

Como la salud, hay muchísimas cosas vitales dentro del Estado que se caen a pedazos tras 30 años de insistir en que arrimarlo era una buena idea para dejar que el mercado se haga cargo.

Con ese panorama, me pregunté (y le pregunté a varias personas) ¿cuál es, objetivamente, el candidato menos peor?

La respuesta fue casi unánime: Ollanta Humala. “Votaría por él, pero no despega”.

Imagen del tuit de Carlos León Moya invocando al ex presidente.

(Sí, Cosito.)

Conoce el Estado por dentro, su funcionamiento y sus límites porque lo ha vivido, lo ha gestionado y lo ha sufrido y no solo no hundió al país, sino que lo hizo crecer y no lo gestionó mal. Esa es una ventaja objetiva frente a todos los demás candidatos.

Humala ya no es el populista que va ofreciéndole a la gente lo que sabe que no va a poder hacer o que de plano no habrá de cumplir. No cambia de dirección fiscal tratando de que sus deudas tributarias prescriban. No tiene empresas que hagan o hayan hecho consultorías con el Estado o que hayan sido beneficiadas con concesiones o con REACTIVA. No enjuicia, empapela o amenaza con querellas a todo aquél que lo contradice usando al Poder Judicial como su sicario personal. No amenaza periodistas ni los difama.

No es un mercantilista persiguiendo prebendas y rentas del Estado. No es un fanático religioso. No es un ultraconservador que hará retroceder lo avanzado en materia de derechos. Tampoco es un progre fanático. No cree que regalando la plata de las reservas internacionales vamos a salir de la crisis. No busca activamente hacer otra Constitución para “cambiarlo todo” sin explicar qué es ese todo.

No usó el poder para salirse con la suya. No vende gracias y perdones: no indultó ni a Fujimori ni a su hermano Antauro que sigue preso y que ha amenazado con fusilarlo. Eso habla bien de él.

No huye de los problemas, no se asila en embajadas a oscuras, no sale corriendo cuando las papas queman: se sube a su carro y solito maneja a la fiscalía a que lo enmarroquen y lo metan preso sin acusación y sin horizonte de salida.

Supo rodearse de algunas buenas personas (Trivelli, Saavedra, Ghezzi… etc etc) y quizás algunos de ellos podrían volver y aportar sus conocimientos y experiencia. (También se le pasaron algunos malos elementos en Sunat, Interior, Energía y Minas, pero nadie es perfecto).

La inflación no voló, el dólar no se disparó y la deuda soberana se mantuvo estable (buen manejo de las cuentas fiscales, de lo macro y obtuvo la confianza de la comunidad financiera internacional). Algunos proyectos no salieron y otros sí.

Los rojos dicen que es un vendido al neoliberalismo y la derecha que es un rojo estatista. Eso también habla bien de él.

Y es el único Presidente de la República que ha hecho crecer el mapa del Perú sin disparar una sola bala ni adulterando mapas.

Y hay más, pero solo con eso ya es mejor alternativa que Forsyth, Fujimori, López, De Soto, Guzmán, Mendoza y, sin duda, mejor que Lescano.

“Cuando pasen las pasiones, se van a ver las acciones. Y más temprano que tarde, nos van a extrañar”, dijo Humala cuando ya se iba. En realidad, creo que lo dijo una semana antes de irse.

Y vamos, por miedo le dimos una segunda oportunidad a Alan García luego de destruir el país y dejarlo en la inviabilidad. Y aunque no había posibilidad de hacerlo peor que la primera vez, lo hizo mejor.

En casi cualquier otra circunstancia elegiría a otro candidato. En esta, me parece que la experiencia es un factor clave en una emergencia como la que atravesamos.

PD Y esta vez, Nadine no está en la foto.

*Distimia: depresión crónica.

Un par de indicadores importantes del gobierno de Humala: Empleo y PBI vs el precio del cobre.

(La fuente es el BCRP, el de Julio Velarde, como para que no le vayan a decir rojimio al BCR).

Pese a que tuvo un contexto internacional mucho menos favorable que su predecesor, el desempleo en el período de Humala bajó a la mitad que en el período de Alan García.
La correlación entre el PBI peruano y la cotización internacional del cobre es muy alta. Típicamente el PBI se “adelanta” a las subidas y caída del cobre porque la mayoría del cobre se vende en contratos a futuro.
La yapa.

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